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Desde hace poco más de un mes, el matrimonio formado por José Lomardero y Kate Preston (regentes ambos de Casa Delfín y Taller de Tapas) está al mando de uno de los locales llamados a ser punto de encuentro en la privilegiada zona de la Ciudad Condal que abarca el cruce entre la Diagonal y el Passeig de Gràcia. Este impresionante bar-restaurante-coctelería ubicado frente al mítico Sandor de la Calle Tuset tiene el toque anarcoelegante de todo lo que toca el rey Midas de la decoración, Lázaro Rosa-Violán, ese aire que unos dicen de informalidad o diseño vintage, y otros, menos duchos en interiorismo, de lujo distraído.

En cualquier caso, al margen de la firma de su creador espacial, Ajoblanco es impresionantemente confortable, lo que junto con su multifuncionalidad y su ubicación le permiten tener todos los números para ser recomendable, si uno pretende pasar la noche por la parte más chic de la ciudad. Sin embargo, y habida cuenta de que siendo todo ello importante no es, ni mucho menos, suficiente, los objetivos del equipo de Ajoblanco son diferenciar la oferta gastronómica bajo tres premisas que le aporten un plus a la muy saturada agenda de tapeo ciudadano : tapas de calidad en barra o mesa, producto fresco en la carta del restaurante, cócteles creativos a cualquier hora.

A partir de aquí, el cliente escoge si sentarse en la impresionante barra a tomar unas ostras de las Rías Gallegas y cava Torelló- aperitivo fino para entonar la noche- o unas recreaciones de las Gildas a base de gordales con mejillones en escabeche, boquerones en vinagre o tacos de jamón y queso, con unas patatas chips más que buenas y un vermut, que es lo barcelonés y lo propio, al mediodía. Si se tercia un cóctel antes de pasar a la mesa, el Skeezed Mary es casi tan bueno como su primo el Bloody, pero más sano, porque incluye, además de Jerez en lugar de vodka, un licuado de tomate y apio. Un cóctel, pues, con capacidades depurativas.
La lista, sin embargo, es larga y se escribe en pizarra clásica, para que el comensal lea y se entretenga en pensar si caerá la ensaladilla con bogavante o las anchoas del Cantábrico. Muy recomendable es el coctelito apellidado Martínez, que es una fresquita copa de Arqués tallada- de las de Navidad solemne en los 70- con mejillón, calamar, gambita, amén de sus correspondientes hortalizas picadas, tabasco y zumo de limón. A medio camino entre el ceviche y el salpicón de marisco, fresco, sabroso, agradable como entrante después de unas verduras en tempura con romesco o una bomba de pulpo de lo más contundente, como debe ser (a veces las preparan también de rabo de toro. Otro día será). El foie es otra exquisitez de la carta, aunque estaría bien que dejaran que saboreáramos ese hígado con una ración algo más razonable, habida cuenta del precio de la tapita y, si es posible, sin demasiados frutos rojos.

Pasada la línea del Ecuador entre barra y sala propiamente dicha, nos encontramos con una preciosa cocina a la vista del comensal, eje y centro de todo el restaurante. En torno a ella se organiza el espacio, las mesas con sillas confortables, los salones privados perfectamente ambientados, el lateral de las mesas y los bancos de madera al estilo USA, los rincones con sofás de cuero que hacen las sobremesas más cómodas e íntimas, la luz y sus infinitas combinaciones. Este es el lugar idóneo para un buen chuletón de buey que se puede compartir perfectamente acompañado de alguna ensalada o de los huevos de corral con virutas de jamón. La mesa puede ser perfecta para que unos amigos compartan por la noche un picoteo típico de croquetas-choricitos sidra-bravas-pà amb tomàquet o para degustar en pareja el plato clásico de pescado de la lonja, que es una opción más ligera al mediodía. Si se opta por la primera variante, el precio puede rondar los 25 euros por persona, si se escoge la opción pescado fresco de lonja o arroz del día, más entrante y postre, el precio puede rondar los 45 euros, dependiendo del vino.

En este sentido, nuestra elección fue un Albariño llamado Paco y Lola para acompañar un arroz de cigalas correcto y un bacalao que no estuvo a la altura de sus salsas de ajoblanco y del piquillo. Para sacar adelante el chuletón vasco y un taco de rabo de buey que estuvo sus horas nadando en Priorato escogimos un tinto joven con crianza de l’Empordà - Mas Oller-, un empurdanès de los que se prodigan bastante últimamente.

Los postres son sobresalientes, ingleses hasta la médula, caseros, no muy dulces, auténticos. Kate pone todo su empeño en que se haga justicia a su memoria. El crumble y ese totum revolutum de nata y frutos rojos con base de galletas denominado Eton Mes es, sencillamente, de lo mejor de la carta.
Pero no contentos con todo esto, aún dejamos un espacio al Golden Kraken: un ron añejo con un sabor a Canela y a pera espectacular. Un cóctel-final en este Ajoblanco que no es ni la malagueña sopa, ni la revista de culto de los 80, y, a pesar de todo, pugnará por hacerse un sitio entre los rincones gastronómicamente más cool de la siempre divina zona alta barcelonesa.
Por Inés Butrón
Licenciada en filología hispánica por la UB, periodista, escritora y autora de varios libros sobre temas gastronómicos: Ruta gastronómica por Cantabria, Ruta Gastronómica por Andalucía y Ruta Gastronómica por Galicia, Salsa Books, Barcelona 2009. Comer en España, de la subsistencia a la vanguardia. Ed. Península. Madrid 2011"
Dirección: C/ Tuset, 20-24.
Telf: 93 667 87 66.
www.ajoblanco.com
No dispone de menú.
Precio medio: entre 25 y 40 euros.
Precio medio coctelería: 12 euros.
Horarios de cocina: de lunes a domingo de 12 a 24h.
Horario de coctelería: hasta las 2’30 de la madrugada entre semana y hasta las 3 los fines de semana.


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