
El botellón de este fin de semana en la feria de Málaga vuelve a generar discusión, dando munición a los apostólicos que no quieren diferenciar entre el grosero consumo de alcohol y la cata responsable. Más de cuatro mil jóvenes botelleros dentro del recinto ferial y 3500 fuera del mismo demuestran las ganas de llegar a la evasión total, lo más rápidamente posible, de un grupo social, al margen de los criterios tradicionales que periodistas y bodegueros asocian al mundo del vino. Si el bar, la bodega, el restaurante y la tienda de vinos han definido los cuatro puntos cardinales de contacto con el vino en el mundo occidental, en nuestros días los jóvenes consumidores (no hay que incluir en este grupo a los practicantes del botellón, que lo son en su mayoría de ginebra y vodka de bajo precio) mantienen unas posturas que nada tienen que ver con lo que hasta ahora hemos dado por inamovibles, incluidos los consejos de los gurús en la materia. Según estudios presentados en Inglaterra, la mayoría de los jóvenes de la llamada generación Y se aproximan al mundo del vino de una manera distinta a la que utilizaron sus padres. Entre los jóvenes que se mueven en un segmento inferior a los 30 años, y más aun en el periodo que va desde los 20 al los 25 años, el conocimiento del vino no se da en el ámbito familiar, ni en el consumo publico, si no que se adquiere a través de Internet.
Trasladar estos datos a nuestro país no es fácil, como no lo es practicar el botellón más allá de nuestras fronteras. A finales de junio se produjeron en Francia dos intentos de botellón colectivo con cita vía móvil y correo electrónico y el resultado fue una rápida intervención de la gendarmería, que liquido la concentración de cubatas. Mientras en España se discute si hay que dejar que el botellón siga su curso explosivo, tan explosivo como pueda ser la creación de una generación iletrada, se hace evidente que el contacto, el intercambio de ideas, tiene ahora como base los modernos medios de comunicación, el hilo conductor mediante el cual los nuevos consumidores descubren el mundo que envuelve el vino.
En el año 2001 Mark Prenski definió el concepto “nativo digital”, aquellos que tienen entre 16 y 26 años y que usan con normalidad las tecnologías digitales desde la escuela. El “emigrante digital” seria aquel, de mayor edad, que se ha visto obligado a incorporar conocimientos y habilidades tecnológicas. En el primer grupo se encuentran los nuevos consumidores y los consumidores potenciales, con la cabeza bien amueblada, que entran en contacto con el vino a través de páginas web, Twitter o Facebook. A estos no los interesa tanto la opinión de los lideres, de hecho desconfían de todos ellos, si no una nueva manera de apreciar el vino que valora el esfuerzo ecológico de la bodega y su implicación en el medio ambiente. Evidentemente no son consumidores de vinos de élite, si no de botellas que se mueven a precios económicos. Sobre su manera de consumir, encontramos otro paradigma. Si la generación de sus padres entraba en el mundo del vino compartiendo el espacio público en el que se bebía, confraternizando en la barra, el nuevo consumidor lo que comparte es el vino, generalmente en su domicilio y por supuesto a través de las nuevas redes de comunicación. Un nuevo amante del vino que suele visitar las bodegas virtualmente y que anota en su agenda mental aquellas que cuidan el más mínimo detalle, dando la máxima información, tanto escrita como visual.
Miquel Sen
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