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Absenta: la musa verde [ Ir a EDITORIAL ] [ Volver ]
 

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Tras una larga prohibición la absenta, el elixir de hierbas que fue la musa verde de varias generaciones de pintores y poetas vuelve a los bares, con una graduación reducida, políticamente correcta. Para muchos es un descubrimiento que obliga a repasar la verdad de su historia, o la historia de la verdad de un destilado que desde 1787 a 1915 fue una auténtica heroína, de la misma manera que otras drogas han marcado la vida artística de la humanidad.
Lo curioso del caso es que esta pócima inicia su comercialización como una medicina, un digestivo capaz de curar todos los males. Basándose en la rica botánica de los valles alpinos suizos,  la madre Henriod, una destiladora y licorera de de Neuchâtel, perfuma alcohol de gran pureza con una suma de hierbas más o menos secretas a las que la absenta da carácter, como si se tratara de un santo sacramento. Como corresponde a una medicina, las botellas de absenta son caras, por lo que solo pueden permitirse este trago las clases adineradas. Inicia así la absenta una incursión poderosa, mágica, en el mercado que incluso tiene repercusiones en los nombres de los primeros elaboradores, creándose la duda de si la mère Henriod, es la misma señorita Susana Margarita Henriod a la que también se le atribuye el invento. Una polémica que ha generado numerosa literatura.
Lo que si es cierto es que la absenta se populariza rápidamente. Cuando los franceses inician su expansión colonial en África a partir de la conquista de Argelia, arman a sus soldados con cantimploras llenas de absenta. Mezclada con el agua, rebajados los 78º de alcohol originales según el criterio de cada bebedor, garantiza no contraer las fiebres palúdicas. Periódicamente la tropa recibe esta bebida medicinal que pronto se descubre causa alucinaciones al tiempo que da energía para sobrevivir a las más duras jornadas. A medida que los soldados regresan a la metrópoli, la bebida se da a conocer en todos los bares. Se inicia una popularización implacable que lleva a que el consumo de absenta supere largamente el de vino. En Francia durante el año 1910 se consumen treinta y cinco millones de litros. Estamos en plena Belle Époque y la absenta se ha instaurado como moda cultural, como ritual de artistas, novelistas y poetas. Paul Sezanne, Paul Verlaine, Paul Claudel, Claude Monet, Edgar Degas,  Charles Baudelaire, Artur Rimbaud, Paul Gauguin, Ernest  Hemingway, Rubén Darío, Toulouse Lautrec, Picasso,  Van Gogh, Marc Chagall  buscan la inspiración en la musa verde. Los colores que utiliza Van Gogh o Chagall son los que guardan en la mente los grandes bebedores de absenta. Sobre la afición por esta bebida de estos artistas la mejor ilustración es el óleo de Chagall titulado el soldado bebido, una obra de 1911 que se expone en el Museo Guggenheim de Nueva York,  en la que se detalla el ritual del bebedor de absenta.
Paralelamente a su implantación en medios artísticos,  millones de trabajadores se convierten en adictos a estas copas que llevan al delirio, la alucinación y la locura, sobre todo cuando en la elaboración de la absenta se han utilizado alcoholes de mala calidad o el temido metanol, causante de intoxicaciones y ceguera. El consumo de estos destilados de efectos devastadores queda claro en la novela de Émile Zola L’Assommoir. Una traducción literal de assommer   seria aturdir. En el bistrot que da el nombre a la novela se aturden los protagonistas hasta perder el conocimiento. La bella planchadora acaba prostituyéndose a cambio de una copa de alcohol recién destilado con aromas de angélica, hinojo y absenta. Son bebidas de más de setenta grados que se inflaman si se les acerca una llama.
Al margen de esta cruel visión de la absenta, la musa verde tiene un ritual de preparación tan atractivo que aun ahora captura la atención del historiador. Hay que recordar que hasta principios del siglo XX en los bares restaurantes y casas particulares se servia el agua ligeramente dulce, con una punta de azúcar. Otra costumbre de profunda implantación consistía en beber a lo largo de la tarde diferentes copas de digestivos azucarados, un sabor omnipresente que se extendía en los clubs más distinguidos, donde la norma era beber Oporto, una bebida dulce, resultado de detener la fermentación de los mostos con aguardiente, antes de que se transforme todo el azúcar de la uva. Como el destilado de absenta es amargo, precisaba para su aceptación de un toque dulce indispensable para hacer agradable su consumo. La forma de endulzarlo es básica en los rituales de invocación de las muchas musas que despierta la absenta. Se trata de colocar en el fondo del vaso la cantidad exacta de alcohol; muchas veces el vaso tiene una talla que da la medida exacta. Sobre el borde del mismo se coloca una cuchara con una porción de azúcar. Luego, con mucha lentitud se vierte agua helada sobre el azúcar que, al disolverse lentamente cae sobre la absenta, iniciándose un proceso de coloración en el que pronto aparece el verde pálido de la musa. De esta manera se consigue diluir el azúcar, lo que no conseguiríamos  si lo  añadimos directamente al alcohol.
El juego de colores que va apareciendo en la copa forma parte del ritual inspirador. Sirve tanto para el bebedor solitario como para aquellos que comparan unos tonos en los que también aparece un amarillo pálido que podremos encontrar en diferentes telas de los maestros impresionistas. Contrastando con las miserias del Assomoir, en Paris y otras capitales europeas, como Berlín, se rivaliza en que establecimiento detenta la fuente de agua más hermosa y bien diseñada. Una pieza con un corazón de hielo y una bateria de grifos que dejan caer un hilo de agua sobre el azúcar. Las cucharas que lo contienen han dejado de ser las de café , sustituidas por espátulas y palas pequeñas, perforadas con filigranas, realizadas en metal, acero, plata y oro. Todas ellas diseñadas con la estetica característica que se impone durante la Exposición Universal de 1899, momento en el que la absenta alcanza su máxima difusión. Muchos visitantes regresan a su país de origen con el habito adquirido, más una botella de cristal tallado con la absenta correspondiente y una cucharilla que bien puede tener la forma de la Torre Eiffel. Conseguir ahora cucharas antiguas de absenta se ha convertido en una moda que cotiza al alza. Incluso los catálogos de época, con el dibujo y el material que daba forma a la cuchara son motivo de devoción. Algunas cucharas de níkel puro, macizo, están más valoradas que las de plata.
Otra formula para preparar la absenta es la que utilizaban los rusos. Consiste de verter cuidadosamente la absenta en un vaso que contiene el agua azucarada. La absenta flota sobre el liquido y el bebedor, lentamente, con arte y ayudado por una cuchara de mango largo la mezcla de arriba a abajo. Aparecen los colores verdosos, las nubes lechosas, al tiempo que la absenta acaba impregnando con un olor sui generis las paredes de la copa. Un aroma que delata a bebedores y bebedoras, porque, cosa curiosa, las mujeres ocupan un lugar destacado en esta afición, hasta el punto de que los cronistas del Paris de finales del siglo XIX, cuentan que en Montmartre hay tantos hombre como mujeres en busca de la musa verde, siguiendo el ritual delicado en el que el azúcar toma especial protagonismo a partir del invento del azucarero. Se ha dejado de vender el azúcar en forma de panes que se cortaban con tijeras especiales sustituido a partir de 1850 por porciones blancas y perfectas, según el invento del ciudadano de Bohemia,  Christopher Rad. Para entender la importancia de la absenta entre hombres y mujeres, disponemos de dos retratos de Picasso. Una mujer bebiéndola y un hombre, un amigo del joven Pablo Ruiz Picasso en el mismo trance. Un cuadro, el bebedor de absenta, que se subastó en Londres por 42 millones de euros. Pura magia verde.
Pius Font Quer, el insigne botánico autor de La Flora Española afirma que el gran problema de la absenta consiste en la presencia en esta planta de un grupo de sustancias, llamadas tuyonas, entre las que destaca la absintina. Sobre la potencia de la misma, afirma que su ingestión es la puerta de entrada al infierno. Sin ningún afán moralista, el botánico destaca la enorme capacidad de adicción de esta sustancia oleaginosa, que aislada tiene un aspecto amarillento con toques verdosos. Disuelta en alcohol se transforma en hada amable y demonio obsesivo, creador de aventuras imaginarias, de ensueños en el que el mundo deja de ser el que conocemos. Un viaje que probablemente se practicaba mucho antes del descubrimiento de la destilación industrial del alcohol. Los brujos y brujas de la Edad Media sabían que dejando macerar en vino blanco plantas de ajenjo y absenta conseguían un licor que permitía adentrarse en el mundo invisible siguiendo caminos que nadie se atrevía a cruzar. La popularización de estos viajes, la inmensa destrucción humana que acarreaba la absenta llevó a una prohibición que ha durado hasta hace bien poco.
Queda por explicar a que sabe la absenta. La primera copa recuerda a los grandes destilados de anís que se diluyen en agua, como el Pernod o el Pastis 51. Da el mismo tipo de toque mental alegre, rápidamente propicio a la comunicación. La segunda y la tercera ya son otra cosa que hay que dilucidar con sumo tiento, recordando que junto al museo de la absenta, duerme en el cementerio junto a su hermano Teo  el gran Van Gogh, el de los colores imposibles, el de los cielos lunares infinitamente estrellados 
 

Miquel Sen