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Literatura y gastronomía [ Ir a EDITORIAL ] [ Volver ]
 

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La división entre novelistas que crean personajes capaces de comer y autores generadores de protagonistas anoréxicos se esta haciendo evidente. Gracias a esta clasificación podemos distinguir  una literatura de los sabores. Dentro de los novelistas que dan ganas de comer, Balzac ocupa un lugar destacado, tanto por los platos que comen sus héroes como por las circunstancias en que lo hacen. El banquete brutal que se describe en “La Rabouilleuse” es, al margen de un recordatorio de los platos de una época, un duelo con un punto de western entre depredadores y victimas.
Otra versión literario gastronomica la ha dado Manuel Vázquez Montalbán, más pendiente de la ideología de la comida descrita que de hacernos la boca agua con el recuerdo de lo comido. A Montalbán la crítica social le sirve de pimienta “La mayor contribución del franquismo al gusto positivo fue la elección del Vega Sicilia como vino oficial”. Mucho más próximo a Balzac, Raymond Chandler, en “Asesino en la lluvia” consigue que una copa de vida a un personaje: “Hombre, eso si que es whisky. No me importa quien sea usted.” Si añadimos la nostalgia como ingrediente culinario, el premio a la evocación de un plato le corresponde a la novela El Gatopardo, de Giuseppe de Lampedusa. La descripción del banquete en el palacio del príncipe Salina nos ha quedado gravada en la memoria gracias a Visconti y la sensualidad de Claudia Cardinale. En la mesa sirven un timbal de macarrones, tal como lo preparo Carême para Talleyrand. El nostálgico Lampedusa utiliza su mejor literatura hasta hacernos la boca agua: “surgía primero un vapor cargado de aromas y asomaban luego los menudillos, el picadillo de trufa en la masa untuosa, muy caliente de los macarrones cortados, cuyo extracto de carne daba un precioso color gamuza”. 
Este verano no me importaría tomar un whisky con el personaje de Chandler, ni probar los macarrones de Lampedusa. Pero de la misma manera que releer El Gatopardo es ir contra la moda, el deseo de saber del timbal de macarrones cargado de fragancias puede ser tomado como un ataque de nostalgia. Seria un pecado que algunos críticos gastronomicos con complejo de Peter Pan denunciarían con la fuerza que los bolcheviques llamaban reaccionarios a los que no estaban deacuerdo con ellos. Aun así, si un cocinero quiere preparar el timbal de macarrones, seriamos muchos los que nos apuntaríamos al banquete para ampliar nuestro sentido del gusto.

Miguel Sen