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Se mueren las ostras [ Ir a EDITORIAL ] [ Volver ]
 

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Regreso de un viaje por el Bassin d’Arcachon, un paraíso de la ostricultura y lo hago con mi espíritu de devorador de ostras en vías de depresión: las ostras se mueren irremediablemente, no solo en esta zona del Atlántico si no más alla, hasta La Rochelle y la Bretaña. De las 100 000 ha de bancos de arena y de parques en los que trabajaban diez mil ostricultores franceses va a quedar poco, porque las ostras bebés no alcanzan el cuarto año de vida. Aunque hace 40 años también se produjo una perdida en la vitalidad de la ostra, que llevó a la operación Résur, consistente en la importación masiva de ostras desde la Columbia  Británica y Japón para sustituir la diezmada ostra portuguesa, hoy por hoy no existe una estrategia para llenar tanta superficie de agua marina con ostras inmortales.
Las causas de este desastre gastronómico son inciertas, pero los ostricultores señalan con el dedo, mejor seria decir con el puño, a las granjas de ostras triploides. Veamos brevemente de que se trata este invento. Existen dos métodos para conseguir que una ostra tenga, en lugar de los cromosomas “normales”, unas cadenas de 3n cromosomas. Mediante un choc químico o térmico, la fecundación produce una ostra triploide. Otro método patentado en 1996 en Estados Unidos, actualmente predominante, consiste en fecundar un ovulo triploide (3n cromosomas) resultado de una primera manipulación con un espermatozoide haploide (n). Las ostras obtenidas (4n) criadas con las diploides dan origen a bebés ostra triploïdes, en teoría casi inmortales, de cualidades uniformes, que son, además, estériles.
El invento aporta la llamada ostra de cuatro estaciones. Se acabaron las ostras lechosas, que no gustaban al consumidor en general, porque el aspecto de una ostra en reproducción no es tan sugerente. Además estas ostras milagro, como no pierden energías en reproducirse, crecen más deprisa. El dinero es el dinero. Otra virtud seria la uniformidad de su forma, que las hace más fáciles de abrir. Evidentemente con estas ostras ya no es necesaria la aburrida acción de la madre naturaleza que hacia que las ostras se reprodujeran libremente en un medio salvaje. Ahora hay que comprarlas al proveedor, con la consiguiente dependencia del ostricultor  y luego implantarlas como si fueran salvajes.
La realidad no es tan atractiva. Cuando pensamos en una ONG, difícilmente sospechamos que esté sujeta a malas prácticas. Si nos hablan de I+D, se nos cae la baba ante el futuro prometedor. Pero no todo no es de un mismo color rosa y la practica, según los ostricultores, parece demostrar que la presencia en el agua de las ostras modificadas sea la causa de la mortalidad de las salvajes. Algunos investigadores ven en el desarrollo de un virus del tipo herpes la base de la patología. Pero las ostras, antes de los nuevos tiempos, habían convivido desde el Jurasico con el virus sin necesidad de morirse.
Lo malo, dentro de lo peor, dicen los expertos, es que no existe etiquetaje diferenciador para este tipo de ostras, que ya son sobre el 30% de las que se consumen habitualmente. Como su genética “es de ostra”, es decir, no contienen genes foráneos, no es en sentido estricto, un organismo genéticamente modificado, un OGM, como podría ser el maíz. Las autoridades francesas les dan el visto bueno, aunque recomiendan un estudio extenso de su impacto en el medioambiente y en la alimentación. Mientras, las ostras salvajes  se mueren y un 10% de las nacidas en la industria siguen este camino, distintas empresas ya han planteado el mejillón de cuatro estaciones, una idea peligrosa, según señala el diario Le Monde. La repuesta de los mejilloneros ha sido unánime, se quedan con los que tienen, a pesar de que la naturaleza le obliga a reproducirse, disminuyendo su peso y calidad unos meses del año. El desastre de las ostras es de tal magnitud que nadie quiere en Arcachon jugar a aprendiz de brujo.
Miquel Sen
8 de febrero 2010


l'île aux oiseaux, bassin d'Arcachon, parque de ostricultura abandonado. foto Jean Paul Itey.


Bassin d'Arcachon foto Jean Paul Itey


Foto Jean Paul Itey