Como todo el mundo sabe o se imagina, Nueva York es ciudad de franquícias de comida rápida, condescendientes con el bolsillo pero agresivas con el éstomago. Pero Nueva York es muchas cosas y también es ciudad de restaurantes míticos que podríamos calificar de históricos. Y en la lista de historia gastronómica de la ciudad aparece un restaurante en letra negrita: el P.J. Clarke’s. Lo encontraremos en el 915 de 3rd Avenue, a las puertas del Upper East Side, el barrio elitista de Manhattan. Allí lleva más de 130 años, pues su construcción data de 1868 y para un país con poco más de 500 años de historia, se trata de un lugar casi ancestral. No quedan edificios en Manhattan como el del P.J. Clarke’s. Fue construído antes del primer metro (1904) y antes de que Nueva York recibiera el sobrenombre de “ciudad de los rascacielos”. Es decir que las ha visto de todos colores. Los rascacielos y el bullicio de los coches han cubrido su entorno pero el local sigue igual, con sus dos plantas de altura y la misma decoración de principios de siglo XX. Dentro, nos espera una carta sencilla pero deliciosa y una treintena de mesas en las que se habían sentado gran parte de “celebrities” de la ciudad. Cuentan que la mesa 20 era la favorita de Frank Sinatra, que por lo que se ve era un habitual del restaurante y un tipo generoso con las propinas. También se dice que Johnny Mercer escribió la letra de su canción “One for My Baby (and One More for the Road)” en una servilleta mientras cenaba en el restaurante. Cenar seguro que cenó bien.
De entrada el servicio es atento y estás sentado al minuto de llegar, aunque el restaurante cuenta con un bar para una caña rápida o una espera más larga. El comedor es pequeño pero suficiente, todo de madera y con la decoración del dia de su inauguración. Lejos de hacerlo parecer anticuado, ésto dota al P.J. Clarke’s de un encanto único. La carta empieza con las sopas, de cebolla con queso gratinado, caldo de carne y sopa de marisco. Después encontramos los mariscos, que se resumen en cóctel de gambas, calamares fritos, mejillones, ostras y langosta. Entre los aperitivos, destaca el Maryland Jumbo Lump Crab Cake, un pastel de cangrejo que a buen saber está rico. Una larga selección de ensaladas (de atún, de col...) o de “sides” (acompañamientos como purés diversos o patatas asadas con hierbas aromáticas) pueden ser un buen complemento para los bocadillos, entre los que apreciamos el de cerdo rustido con queso y el de pollo con manzana y cebolla caramelizada. Una mención para el paste de pastor, una masa de hojaldre al horno rellena de carne y verduras. El despecial del sábado, un Filet Mignon acompañado de verduritas, se merece realmente el adjetivo “especial” pues debería enseñarse en las escuelas de cocina americanas. Realmente delicioso. Y las hamburguesas... gran fama y merecida. La más clasica es la Bacon Cheeseburger. En los 50, Nat King Cole la bautizó como “el cadillac de las hamburguesas”. Desde entonces la llaman así en la carta y es una buena opción para cenar, realmente como todas las demás. La cena de un plato con bebida y aperitivo compartido puede rondar los $40, unos 30 euros, y la cocina cierra a las 3 de la madrugada. Si pueden, vayan, y tomen una servilleta para escribir unos versos, no serían ni los primeros ni los últimos a los que el P.J. Clarke’s les sirve como fuente de inspiración
Fotos de Ona Vinyamata.