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Stratosphere, cena de vértigo
Por Àlex Solà
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Stratosphere, cena de vértigo


Vista desde el restaurante


Después de una larga temporada en Nueva York, la vida llevó a un servidor a Las Vegas y la suerte al restaurante Stratosphere, en lo alto de la torre del mismo nombre que corona el Strip, la calle principal de la capital del juego (y de muchas otras cosas). Una calle muy larga, llena a rebosar de tráfico de limusina a todas horas y rodeado de hoteles y casinos a cada lado. El que recrea Venecia, el Tropicana, el Caesars Palace y una larga lista de neones, el epicentro de esta ciudad en medio del desierto. En uno de los extremos del Strip, se alza esta impresionante torre, de 350 metros de alto, que se dicen igual de rápido que sube el ascensor. En la cúpula que viste la torre se encuentra el restaurante, de forma circular y totalmente rodeado de cristal, con lo que la vista es espectacular, especialmente de noche. Lo primero que llama la atención del lugar es que este comedor, grande y con la cocina en el centro del círculo, es giratorio. Es decir, cada media hora, el comensal da una vuelta entera a la cúpula sobre su eje, recibiendo de regalo una visión 360º de la capital de Nevada.
Cabe decir que, así como los otros lugares de los que he escrito eran asequibles a todos los bolsillos, este juega en otra categoría. La decoración del lugar es agradable (quizás faltaba algo de luz) y también la simpatía de los camareros, atentos y amables sin agobiar demasiado, un problema habitual en Estados Unidos. La carta es extensa y diversa, con platos refinados para todos los gustos, aunque un servidor fue afortunado partícipe de la joya de la corona del Stratosphere; el menú degustación de 6 platos. Una vez pedido, la experiencia empieza rápido, pues a los pocos minutos llega a la mesa una sopa de langosta con langosta, valga la redundancia. La sopa fue increíble, un sabor que seguro debería yacía oculto en algún cofre en lo hondo del mar. La langosta, fría y pelada, deliciosa, especialmente con la mahonesa a la naranja que la acompañaba. El segundo regalo de la noche fue la lubina con habitas verdes y trufa negra rallada. La verdad es que cuesta encontrar adjetivos para todos los platos que vienen – considerando que vamos por el segundo – pero este segundo se merece unos cuantos pues era tan sabroso como equilibrado y ligero.
Pero la auténtica fiesta gastronómica empezó con el tercero, a la media hora de la sesión, tras una vuelta completa: raviolis de pato con foie y salsa de puerro con trufa. Suerte que las raciones estaban bien calculadas para no saturar (aún) al comensal y sólo había 4 raviolis. De haber más, hubieran sido devorados sin piedad pues uno sólo le puede recriminar al chef haber escurrido la pasta un minuto antes. Y es mucho recriminar, casi para decir algo. Después de este preámbulo de vuelta y media sobre el eje del Stratosphere llegó la auténtica joya de la corona; los medallones de ternera de Kobe con salsa de setas silvestres. Hacía tiempo que tenía gana de probar esta afamada y exquisita ternera, de origen japonés criada bajo estrictas condiciones. Tras probarla, uno entiende el mito de Kobe y la actitud ya no será nunca la misma al comer ternera.
Tras cuatro platos, el apetito empieza a sufrir las consecuencias pero la exquisitez del menú da fuerza para seguir y abordar el quinto. Un surtido de quesos que no maravilla si uno tiene origen mediterráneo pero supongo que para un americano debe ser un sueño. Y así fue que llegaron los postres, una torre de chocolate rellena con crema de frambuesa y una especie de placa de vainilla caramelizada, muy muy fría. De tener más hambre a esas alturas hubiera sido el segundo hit de la noche (tras el regalo nipón de Kobe).
La verdad es que más que una cena, ir al Stratosphere es una experiencia, de lo más agradable, en un ambiente íntimo con vistas espectaculares. ¿El precio? Bien, este menú llega a los 135 dólares por persona, a los que hay que añadir unos 25 de propina (las famosas tips). Con maridaje de vinos, llega a 170. Cada cuál tiene sus prioridades cuando llega el momento de invertir en comida pero el Stratosphere queda recomendado con diversos símbolos de exclamación para aquellos que no quieran cenar sino experimentar. Seguro encontrarán un motivo (o seis) para salir feliz del lugar y emulando a Elvis Presley gritar “Viva Las Vegas!!!”

Àlex Solà: Periodista catalan nacido en Barcelona en el año 1985. Ha trabajado para Catalunya Ràdio, El Terrat y la XTVL, entre otros medios de comunicación.