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EL TEMALA RECETA DE MARTÍN BERASATEGUI Y GERMÁN ESPINOSA EN FONDA ESPAÑA: ESPINACAS CON PASAS Y EL VINO JARDINS ROSÉ, DE PERELADA

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Comida de plebeyo

BICNIC: EL PICNIC DE LOS URBANITAS [ Ir a LUGARES CONCRETOS ] [ Volver ]
 

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Bicnic es, obviamente, un juego de palabras. Pero, cuidado, no se dejan  llevar por las connotaciones de este vocablo tan anglosajón y tan lleno de imágenes campestres, cestitas y mantelería sobre  verde hierba. En todo caso, lo único que comparte con esta forma de comer es la posibilidad de que su comida salga fuera de los límites del local y que en uno de sus bonitos espacios se ha recreado un “locus amoenus”, elegante y fresco,  para que el cliente tenga un momento de respiro mientras come.


Dicho esto, Bicnic es la nueva creación “de los productores” de Betlem Miscelània, el antiguo Colmado Betlem- data de 1892-,  renovado y reconvertido en ese bar/restaurante que todos conocemos porque ha hecho del tapeo en barra un clásico de esta zona del Eixample gracias a una cocina muy cuidada, de las que enganchan por su calidez de tendero/cocinero alabado por su fiel parroquia. Betlem Miscelània forma parte del paisaje del barrio.  Era y es un gastrobar sin ínfulas, un colmado que volvió a los orígenes de las primeras tiendas de ultramarinos para sobrevivir a la modernidad ofreciendo platillos y copa junto a los artículos comestibles.


Pero Betlem Miscelània se había quedado pequeño para tanto cliente, tanto vecino  que, a pesar de los largos horarios del negocio,  a veces no encontraba sitio. De manera que, un día,  en el antiguo almacén contiguo, viejo local lleno de maniquís inertes, vieron la posibilidad de ensanchar horizontes: la idea era simple, como todas las ideas buenas, pero la inversión grande. Víctor Ferrer, sobrino de los antiguos dueños del Betlem, y su socio y amigo, Ignacio Rodríguez,  se plantearon lo siguiente: “Hagamos un espacio gastronómico con una enorme cocina, moderna y  tecnificada, con una larga mesa adosada para eventos, y un restaurante que se abra en dos como un abanico, un parte slow y otra fast , para comer en dos tempos distintos según sean las necesidades del visitante”.


Pero aquí hay que hacer otra aclaración más: en la parte fast food no esperen comida basura al uso. Puede que sea más rápida, pero no menos buena. Y en la parte slow no imaginen  a la abuela de la lata televisiva y su repertorio de cocidos, sino, simplemente, cocina con más tiempo de elaboración y muy diversas influencias  para disfrutarla con un poquito  más de detenimiento. ¿Dónde comerá mejor? En ambas partes. Depende del tiempo  que quiera invertir en ello, depende de si le gusta más la barra o el comedor, depende de si quiere fish and chips, un plato de pasta, una ensalada  o un tartare de ternera y anguila ahumada  sobre una base de tuétano , una buena hamburguesa o un calamar relleno de buey de mar.
En cualquier caso, el chef, Víctor Ferrer,  ya curtido en muchos restaurantes de la aquí y del otro lado de la frontera (  los nombres de  Ducasse  y Santi Santamaría están en su currículum)  puede preparar desde una tabla de porchetta rellena de shiitake y asada al horno, servida con un bol de ensalada y mayonesa de miel con mostaza ; un  tiradito de lomo de atún con leche de tigre, erizo de mar, boniato y crema de aguacate; el ya citado Steak Tartar de vaca y anguila servido sobre el tuétano del hueso horneado; la Carrillera de ternera braseada y servida con salsa de fricandó de boletus, salteado de setas y puré de tupinambo; la aleta de raya a la plancha con allioli de ajo negro sobre un suquet de pescado de roca o  los huevos fritos ecológicos con burrata y erizo de mar, entre muchos otros. Vive rápido pero come bien es el lema de Bícnic.


Nosotros empezamos con una caña en la barra, pero acabamos en el jardín slow, disfrutando del verdor del arquitecto Narcís Font. Allí ya nos pedimos una copa de vino Afortunado y empezaron a llegar los entrantes: unos rollitos de cordero lechal y hortalizas con una suave vinagreta de mango. Crujientes, pero me faltó potencia gustativa. Algo más de menta, un mango menos atenuado y un relleno más impregnado en salsa. Estas preparaciones con carne deshilachada tienden a resecarse un poco. No así los huevos con burrata y erizos, que, como es fácil imaginar, eran pura untuosidad. Con el buen pan sobre la mesa,  fue uno de mis platos preferidos.


El ravioli ( parecido a una gyoza) de jarrete de ternera al vino tinto parte de una receta muy clásica de nuestra cocina, pero, en lugar de utilizar las setas al modo tradicional de la  “vedella amb bolets”, estas se reconvierten en un caldo suave de shitake. Una forma ingeniosa de darle una vuelta de tuerca, un toque asiático  para  esos  redondos de ternera otoñales.


El plato fuerte es una elección para osados paladares: tartare de ternera y anguila ahumada sobre tuétano. Aconsejable para aquellos que disfrutamos de sabores marcados, profundos, sin prejuicios y preferencia por las texturas sedosas. Tras esto, lo que el cuerpo pide son cosas refrescantes, por lo que la carta ha pensado en nubes de naranja con granada, sorbetes de Spritzs o de limón artesanales. Postres con especias, merengues de tomillo, crumbles de cebada con helados de saúco. Y cómo no, también la dosis de chocolate blanca o negra para los que no perdonan el cacao como broche de oro.


En general, Bicnic es ese lugar agradable que pretende sacar de la rutina y el asfalto a los hambrientos que allí recalamos con la aspiración de comer bien, sea cual sea el tiempo del que dispongamos.

Inés Butrón


BICNIC
C/Girona 68
Precio a la carta: entre 30 y 40 euros
Plato del día: 6 euros. Incluido en la fórmula mediodía que incluye una crema o ensalada, bebida, postre o café.