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Newtown Pippin: la manzana estadounidense que conquistó la Gran Bretaña
Por Víctor Llacuna
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Víctor Llacuna: Víctor Llacuna: Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Autónoma de Barcelona. Miembro de la sociedad Culinary Historians of Boston. Ha sido colaborador de Catalunya Universitaria, Regió7, Popular 1 y Diari de Tarragona. Es Máster en Educación por la Universidad de Barcelona y Máster en Estudios Hispánicos por Boston College University. Hace trece años que vive en Boston donde ha trabajado como profesor de lengua y literatura. Coleccionista de libros sobre temas relacionados con la gastronomía y las distintas bebidas. Aficionado a asistir a conferencias y eventos sobre temas gastronómicos.


La manzana es considerada la fruta nacional de Estados Unidos. Incluso antes de la fundación del país los protestantes ingleses, que llegaron buscando libertad religiosa en el siglo XVII, ya llevaron consigo manzanas y un número limitado de pequeños árboles para plantar en la nueva tierra. Según Erika Janik en ‘Apple: A Global History’, para los colonos el Nuevo Mundo significaba una oportunidad de redención, “plantar un huerto de manzanos era una parte esencial de la visión de un nuevo Jerusalén, casi tan importante como poner un techo encima de sus cabezas”. Aunque la primera manzana autóctona, la Roxbury Russet, originada en lo que ahora es un barrio de Boston, data de mitad del siglo XVII, la edad de oro de las manzanas estadounidenses tuvo lugar en el siglo XIX.
 
La leyenda de Johnny Appleseed (Johnny “Semilla de manzana”) nació a principios de los años 1800s. John Chapman -su nombre real- estableció plantaciones en las regiones del medio oeste para satisfacer las necesidades de los nuevos colonos. Éstos no podían esperar diez o más años a que los árboles produjeran frutos. Johnny Appleseed les vendía árboles jóvenes a precio económico para ayudarlos a empezar sus granjas. Appleseed era un utópico seguidor del místico sueco Emanuel Swedenborg, quien creía que cada planta o animal correspondía con una verdad espiritual. Los humanos no debían ser solamente observadores sino también partícipes en el desarrollo de la naturaleza. Michael Pollan, en ‘The Botany of Desire’ desmitifica la leyenda de Appleseed, argumentando que al vender simplemente árboles y semillas, y no hacer injertos por motivos de “impureza” según su concepción religiosa, los manzanos ofrecían frutas sólo aptas para fabricar sidra. Si los colonos las comían eran por no tener otro proveedor posible. A pesar de ello, más de trescientos libros y obras de teatro se han publicado sobre los trabajos y vida de Johnny Appleseed, incluso cuentos infantiles.
 
En la misma época el presidente Thomas Jefferson plantó cientos de manzanos en su residencia de Monticello, Virginia. Consumía sus frutos para comer, pero también para fabricar sidra, su bebida diaria. Jefferson se concentró en cuatro variedades, una de ellas la Newtown Pippin, la máxima joya de la pomología estadounidense, que se está intentando recuperar como patrimonio histórico. Peter Hatch, en ‘The Fruits and Fruit Trees of Monticello’ documenta quecuando Jefferson era comisionado en París, entre 1784 y 1789, en una de las cartas al futuro presidente James Madison alabó esta variedad: “los franceses no tienen manzanas que se puedan comparar con nuestra Newtown Pippin”.
 
Newtown Pippin lleva el nombre de su ciudad de origen, Newtown (ahora la localidad se llama Elmhurst, en el barrio neoyorquino de Queens). Investigadores como el profesor Rowan Jacobsen del Instituto de Tecnología de Massachusetts o Erik Baard, fundador de newtownpippin.org, sitúan su nacimiento en el año 1720. Es la única variedad de manzana nacida en lo que actualmente es la ciudad de Nueva York. Aún teniendo cierta sensación de dulzor, la Newtown Pippin tiene marcada acidez, al estilo de la Granny Smith, pero con más equilibrio. Se recolecta a finales de octubre, pero es necesario que pasen semanas para que pierda su astringencia y se desarrollen sus aromas.
 
La Newtown Pippin se convirtió en la estrella de las manzanas en el siglo XIX. Se cultivó en Nueva York primero, y luego mayormente en Pensilvania, Virginia y California. Pero su historia fue más allá de las fronteras estadounidenses. Cuando el inventor, científico y político Benjamin Franklin vivía en Londres, en 1758, recibió un envío de Newtown Pippins desde Long Island, Nueva York. Franklin compartió las manzanas con miembros de la alta sociedad británica y la fiebre de las Pippin nació. Los británicos se enamoraron de la manzana y rápidamente importaron árboles jóvenes y esquejes para hacer injertos. Sin embargo, las frutas no crecían suficientemente y eran demasiado ásperas. Los vendedores ingleses optaron por la importación de manzanas estadounidenses en grandes cantidades, a precios desorbitados. Ello estimuló la expansión en la producción de esta variedad en Estados Unidos y propició una crisis en la pequeña industria británica. En un intento desesperado por proteger el producto doméstico, los agricultores británicos forzaron la creación de un elevado arancel contra las manzanas importadas. El contraataque a esa medida lo lideró en 1838 el embajador estadounidense en el Reino Unidos, Andrew Stevenson. Pidió que le mandaran dos barriles de Newtown Pippins desde su casa en Virginia. Hizo llegar una cesta a la reina Victoria, de entonces dieciocho años de edad y en su primer año de reinado. La esposa de Stevenson escribió que las Newtown Pippins fueron “devoradas y halagadas por labios reales y engullidas por gargantas aristocráticas”, según cita Jacobsen en ‘Apples of Uncommon Character’. La joven monarca quedó tan entusiasmada que derogó el arancel. La pippinmanía continuó y su precio ascendió tres veces más que el resto de las manzanas, según documenta Janik. La picaresca hizo su aparición, con manzanas que los vendedores hacían pasar por Newtown Pippins en los mercados londinenses, sin embargo las exportaciones norteamericanas no cesaron de crecer.. En esa época, la mayor huerta de manzanas del mundo se hallaba en Esopus, Nueva York, y contaba principalmente con Newtown Pippins. Su propietario, Robert Pell, era conocido como el “Rey de las manzanas”, a causa de sus veinticinco mil árboles. Nueva York tuvo su principal rival exportador en Virginia, donde la variedad pasó a llamarse Albemarle Pippin. La fiebre de la Newtown Pippin desapareció justo después de la I Guerra mundial. La preferencia por variedades más productivas causó que la Granny Smith la sustituyera en el mercado.
 
La producción masiva ha causado en Norteamérica una desaparición de variedades locales, un atentado contra la diversidad. El declive del cultivo autosuficiente y del comercio local ha propiciado el desarrollo de huertos de manzanos a gran escala. En los primeros años del siglo XX el movimiento prohibicionista contra el alcohol destruyó árboles para evitar la producción de sidra. Este fenómeno fue menos relevante que el descubrimiento de la variedad Red Delicious, creada a finales del siglo XIX en el estado de Iowa, pero especialmente cultivada en el siglo XX en el estado de Washington. La Red Delicious tiene una forma perfecta, un color rojo impecable, gran resistencia y alta productividad. El desarrollo del ferrocarril y de la red de autopistas hizo que el interés de productores y distribuidores se inclinara hacia este tipo de variedades. Jacobsen explica que los distribuidores promocionaron el desarrollo de grandes granjas “puesto que funcionar con muchas granjas pequeñas llevaba a contar con manzanas de calidad, forma y colores inconsistentes”. En 1920 las mayores huertas de manzanos del mundo se establecieron en el estado de Washington, satisfaciendo las demandas de un consumidor ya acostumbrado a acudir al supermercado, la nueva forma de compra diseñado en 1915 por el empresario Vincent Astor. En la actualidad, once variedades representan el 90% del tipo de manzanas consumidas en el país. En el siglo XIX llegaron a registrarse 15.000 tipos distintos. Hace tan solo unos cien años había 7.000. 
 
Existe un movimiento para el retorno de la Newtown Pippin a su status de manzana oficial de Nueva York. El chef Dan Barber la ha promocionado a través de su restaurante Blue Hill. El chef Peter Hoffman, del restaurante Savoy, organizó en 2004 con el apoyo de Slow Food New York City y del entonces alcalde Michael Bloomberg una cena recaudatoria en favor de la Newtown Pippin. A partir de 2003 Slow Food New York City ha comprado, dentro de su programa de recuperación de especies en extinción Ark of Taste, esquejes de Pippins de Virginia para dárselos a pequeñas granjas del estado de Nueva York. Erik Baard inició su Newtown Pippin Project hace más de una década, en coordinación con Slow Food y la Newtown Historical Society.
 
Una de las vías de recuperación de manzanas autóctonas por pequeños granjeros es la fabricación de sidra. La moderna microcervecería iniciada en 1984 tiene una réplica en la sidrería. Los conocedores de la sidra son exigentes y valoran la calidad de las manzanas utilizadas, así como su valor histórico. El trabajo de investigación de la prestigiosa universidad de Cornell va más encaminado hacia la creación de nuevas variedades, pero su labor diversificadora ayuda a concienciar que manzanas como la Newtown Pippin son algo más que una fruta, tienen una conexión con el pasado de un pueblo y merece la pena recuperar su herencia antes de que sea demasiado tarde.