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EL ESTEREOTIPO GASTRONÓMICO COMO EXPRESIÓN DE SUPERIORIDAD CULTURAL
Por Víctor Llacuna
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Víctor Llacuna: Víctor Llacuna: Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Autónoma de Barcelona. Miembro de la sociedad Culinary Historians of Boston. Ha sido colaborador de Catalunya Universitaria, Regió7, Popular 1 y Diari de Tarragona. Es Máster en Educación por la Universidad de Barcelona y Máster en Estudios Hispánicos por Boston College University. Hace trece años que vive en Boston donde ha trabajado como profesor de lengua y literatura. Coleccionista de libros sobre temas relacionados con la gastronomía y las distintas bebidas. Aficionado a asistir a conferencias y eventos sobre temas gastronómicos.


En las fiestas navideñas son frecuentes los retornos a España de emigrantes para pasar las vacaciones. Los españoles que viven en Estados Unidos reciben comentarios en los que se destaca la superioridad de la cocina española. La manera de hacerlo es menoscabando la cocina norteamericana. Los opinadores no han hecho el esfuerzo de verificar si lo que afirman es verdad, sino que se conforman con el mensaje que les conforta.

En la recurrente asunción de que los norteamericanos comen hamburguesas “como en las películas”, uno se pregunta: ¿a qué películas se refieren? No recuerdo en cuáles se muestran las hamburguesas como esenciales en la alimentación diaria. De hecho, el número de restaurantes de comida chino-estadounidense es mayor que el de franquicias de McDonald’s, Burger King, KFC y Wendy’s juntas. 


Esta visión desviada es una consecuencia de lo que el activista Jim Hightower denominó en 1975 la McDonalización. Las cadenas de comida rápida son un símbolo de la globalización con sabor estadounidense. Un ejemplo de esta asociación es la explosión de una bomba en 1979 en San Salvador por las guerrillas marxistas. Su acto fue destinado a “atacar los Estados Unidos imperialistas”. Atentados similares se han dado contra McDonald’s de Copenhague, Hong Kong, San Petersburgo, Atenas, Río de Janeiro o Oaxaca, según indica Andrew Smith en ‘Fast Food: The Good, the Bad and the Hungry’.


Fue famoso el juicio en Francia en 1999 contra el agricultor José Bové por desmantelar un McDonald’s en construcción. Cuarenta mil personas protestaron durante su juicio ante el edificio del tribunal contra lo que llamaron la ‘McMerde’. La rapidez, precio y predictibilidad, y la conexión con un estilo de vida idealizado ha ayudado a una expansión multinacional de las cadenas de comida rápida, incluso en países con conflictos civiles o militares o de economías desfavorecidas. Ello lleva a pensar -o al menos a querer pensar- que en Estados Unidos la hamburguesa de ‘fast food’ es la dieta cotidiana.


Asumir qué comen los estadounidenses lleva implícito lo que en inglés se llama ‘blindspot’ (‘punto ciego’). Se trata de la incapacidad de percibir algo que existe y que es objetivamente importante. Cuando uno se refiere a qué comen los estadounidenses está reduciendo la cultura del país a la idea del hombre blanco -no creo que se esté considerando a la mujer-, nivel de ingresos medio y con un tipo de comportamiento-mentalidad ridículamente superficial. Invisibiliza la diversidad del país. Cuanto más se simplifica la identidad del otro, más fácil es reforzar la de uno. El “qué comen los estadounidenses” se presenta como un axioma supremacista de origen, y niega los esfuerzos de lucha identitaria de los distintos grupos raciales, étnicos o geográficos.

 

El foco en los presuntos defectos de cocinas ajenas conlleva una falta de reflexión, prácticamente una idealización, sobre la cocina autóctona. La autenticidad es otra construcción social con que se intenta preservar lo propio. La inmovilidad da seguridad y cohesiona la identidad gracias a percibir la realidad como una continuación inmutable del pasado, lo que se llamaría tradición. Sin embargo, la existencia y uso de productos, las formas de distribución, la tecnología de cada época y las costumbres en la preparación y consumo son cambiantes. El chef y empresario Jamie Oliver fue criticado por incluir chorizo en su receta de paella. Cabe preguntarse si Oliver fue reprobado públicamente por el hecho de ser extranjero. ¿Cómo hubiera reaccionado la gente si la “novedad” la hubiera creado un chef famoso español, especialmente si hubiera sido valenciano? De hecho, según defiende Ana Vega en un artículo publicado en la sección El Comidista del diario El País, la receta de Oliver -aunque fuera por casualidad- no estaba tan lejos de la “tradición”. Vega cita que en ‘Apuntes de viaje de México a Europa en los años 1870, 1871 y 1872’ la duquesa de Mier explica que en Valencia le sirvieron un guiso “llamado paella” que, entre otros ingredientes, contenía chorizos.

 

Si nos centramos en el lugar preferente de compra, las costumbres de españoles y estadounidenses no son tan distintas. Según el Economic Research Center del Departamento de Agricultura de los Estados Unidos, el 83% de los estadounidenses realiza sus compras en supermercados (aunque la diferenciación entre supermercado e hipermercado no queda especificada). En España el 62% de las personas compran en el supermercado, el 17% en el hipermercado y solamente el 15% lo hacen en el pequeño comercio, de acuerdo con la ‘Encuesta sobre Hábitos de Consumo 2018’ elaborada por la Mesa de Participación Asociaciones de Consumidores.

 

La existencia de Internet y de las redes sociales no parece haber servido para crear una sociedad con una mentalidad más abierta. Por el contrario, se ha convertido en una herramienta en la que buscar argumentos que justifiquen nuestras posturas, lo que en inglés los sociólogos llaman “cognitive reward” (compensación cognitiva). Los “como en España no se come en ninguna parte”, “aprovecha ahora, que de eso no tenéis en Estados Unidos” o “qué bien que no tengas que comer hamburguesas cada día” son un mecanismo de sobrecompensación, con un objetivo de superioridad moral en un campo concreto -la gastronomía- que suple una sensación general de debilidad.